lunes, 16 de junio de 2014

A proposito del blog anterior....

Acabo de leer este artículo  en el conocido blog de una colega española  la Dra Ana Duque  (http://blogdrajomeini.blogspot.com/)y no resisto la tentación de compartirlo a propósito de la nota anterior

Raramente, se dan altas en la Unidad de Dolor Crónico. Por lo que las pocas veces que tenemos la suerte de tener a un paciente controlado durante largo tiempo con uno o dos fármacos de manejo sencillo le damos de alta para que lo controle su médico de cabecera y poder aprovechar su hueco para otra persona que lo necesite más. 

Marisa tiene 78 años. Es bajita y menuda. Lleva el pelo corto, de un color blanco muy bonito. No gris. No amarillo. Blanco, como si fuese de algodón. Cuando abro su historia clínica, leo sorprendida que mi compañera le ha dado de alta hace menos de un mes. ¿Qué habrá pasado para que vuelva? Entra feliz y sonriente, con paso ágil. No me lo explico. 

- ¿Cómo está, doña Marisa?
- Bien, doctora, ya ve, como siempre. 
No puedo aguantarme más. 
- Entonces...¿por qué ha pedido cita de nuevo?
Las comisuras de la boca se le caen como los índices de la Bolsa de Madrid. 
- Es que me caí...y me hice aquí un moratón, un moratón enorme...
- Y...¿qué le dijo su médico de cabecera?
- Que no tenía nada, que era sólo el golpe.
- Y ¿entonces?
Ella me mira con los ojos rayados. Y agacha la cabeza.
- Es que...doctora...yo no quiero que me abandonen. 

Ahí está el problema. Le cojo las manos, llenas de nudos de artrosis y le explico:
- No la abandonamos, Marisa, estará usted al cuidado del médico que mejor la conoce. Si él ve que nos necesita, volverá a pedirnos ayuda, pero él es el que mejor va a llevarla en conjunto. 
- Pero...¿no puede darme una cita, aunque sea dentro de un año?
- Marisa, no lo entiende, si le doy una cita a usted, tengo que quitársela a alguien que a lo mejor nos necesita más. No se preocupe. Estaremos cuando le hagamos falta. 
Ella se levanta, poco convencida. Y camina lentamente hacia la puerta. Cuando llega allí, la abre y se detiene. 
- O sea...que ya no puedo pedir más cita aquí - afirma, triste.
- Cuando lo diga su médico de cabecera - respondo yo, intentado ser firme. 
Ella asiente, dolida. Y se va.

Yo me quedo cinco minutos mirando la puerta cerrada. Conteniendo el impulso de correr detrás de ella y  decirle que sí, que le doy todas las citas que quiera. Sintiéndome tremendamente malvada por estar haciendo lo correcto. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada